28 noviembre 2021
Almudena Grandes en BIMA.
18 noviembre 2021
Colinas como elefantes blancos
Club Caliope
Valeria
«Colinas como elefantes blancos» de Ernest Hemingway.
«La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco»
Más adelante en el relato:
«La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el río entre los árboles»
Notamos el contraste de escenarios: allá del otro lado del Ebro hay campos fértiles, vegetación, vida; de este lado, calor, tierra seca, sin sombra, ni árboles. Nos detendremos para detallar los símbolos narrativos que nos permitan un viaje transitable y ameno por el relato. Símbolos que aportan valor a la trama, dan mayor profundidad al tema y ante todo, constituyen las claves para expandir el arco dramático de los personajes, sin que esté expresado en palabras. De un lado agua, árboles, como símbolos de vida, de fertilidad, del otro la tierra seca como su representación antagónica.
A través del diálogo, nos enteramos que se trata de una discusión, en apariencia, estamos ante una situación de resquebrajamiento de la relación de pareja, la muchacha observa las colinas blancas:
—Parecen elefantes blancos —dijo.
—Nunca he visto uno —el hombre bebió su cerveza.
—No, claro que no.
—Nada de claro —dijo el hombre—. Bien podría haberlo visto.
A esta altura del relato, viene un interesante e inteligente uso del símil por parte de Hemingway, quien desde el título ya nos sugiere que las colinas son como elefantes blancos, ahora, nos lo confirma la muchacha a través de sus palabras. Pero no es un dato gratuito, veamos toda su intencionalidad: en la cultura tailandesa, el elefante blanco o elefante albino es considerado un animal sagrado y venerado desde hace más de 5.000 años, es símbolo de la realeza, representa la prosperidad del país. En la antigua Siam, hoy Tailandia, región del Asia Meridional, los elefantes blancos eran un símbolo de poder real, una vez descubiertos, eran regalados a reyes en ceremonia, a mayor posesión de éstos, mayor era el estatus del rey.
Cuenta la historia que el rey de Siam acostumbraba enviar un elefante blanco a aquel súbdito con quien tenía algún desacuerdo, el objetivo era arruinarlo con el costo de su mantenimiento, el súbdito tenía la obligación de darle comida especial y permitir que los demás súbditos pudieran verlo y venerarlo. El extremo cuidado y el oneroso sostenimiento de estas bestias, consideradas sagradas y de las que, en consecuencia, no se podía extraer ningún provecho, terminaban por arruinar a quien las había recibido. El simbolismo de los elefantes blancos enfatiza el tema de la historia. Busquemos el tema oculto en el relato y entenderemos mejor esta asociación.
—Bueno -dijo el hombre—, si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo.
—¿Y tú de veras quieres?
—Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres.
—Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás?
—Te quiero. Tú sabes que te quiero.
—Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?
Hemingway, fiel a su teoría de la omisión, utiliza el recurso porque conoce los detalles detrás de su historia. En «Muerte en la tarde» escribió: «Un escritor que omite cosas porque él no las conoce, sólo hace lugares huecos en su escritura». Sin que se mencione en ningún momento, el tema que sirve de motivo para la discusión de la pareja, es el aborto. Las colinas blancas configuran el símbolo de fertilidad, el relieve geográfico es la metáfora perfecta del cuerpo gestante de la mujer, con su vientre y senos hinchados. El americano no percibe esta asociación —él no ve elefantes blancos— porque no desea al hijo, él como el súbdito de la historia ve sólo problemas en el regalo, la manutención y el cambio en su estilo de vida, es algo que no ve con buenos ojos e insiste en el aborto.
—No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo.
—Entonces lo haré. Porque yo no me importo.
—¿Qué quieres decir?
—Yo no me importo.
—Bueno, pues a mí sí me importas.
—Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico.
—No quiero que lo hagas si te sientes así.
Intuimos ya, que la discusión viene de días, tal vez semanas atrás, sentimos a través del diálogo la incomodidad de la muchacha al hablar del mismo tema de forma repetitiva, su estilo de vida hasta ahora superficial y despreocupado, se ve amenazado por la posibilidad de un hijo que llegaría a cambiar de forma radical la situación. Aquí, la crisis manifiesta de la pareja. Temen perder ese mundo de experiencias nuevas, de viajes por diversos lugares, de disfrute.
—Vuelve a la sombra —dijo él—. No debes sentirte así.
—No me siento de ningún modo —dijo la muchacha—. Nada más sé cosas.
—No quiero que hagas nada que no quieras hacer…
—Ni que no sea por mi bien —dijo ella—. Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?
—Bueno. Pero tienes que darte cuenta…
—Me doy cuenta —dijo la muchacha—. ¿No podríamos callarnos un poco?
A través de los diálogos y sin que medie ninguna descripción, se van perfilando las características de sus protagonistas, él, despreocupado, en cierto modo cínico y egoísta, ella, insegura, sin control sobre sus emociones y su vida, sin la certeza de qué decisión tomar, sabe que en uno u otro sentido perderá algo de sí. La trama toca su punto de mayor intensidad y advertimos un posible desenlace.
Ya hemos digerido mejor, el sentido de las pistas diseminadas por todo el texto:
—Sí-dijo la muchacha—. Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo.
La clave de la raíz de la planta de orozuz —uno de los condimentos más antiguos— con su sabor anisado y agridulce, se nos antoja más clara, asociamos su sabor amargo con la amargura de la muchacha, con su decepción ante la actitud del hombre. También está conectado con las propiedades abortivas del ajenjo.
—Tienes que darte cuenta —dijo— que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti.
—¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera.
—Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo.
—Sí, sabes que es perfectamente sencillo.
Se acerca el final, ya estamos instalados en la duda y queremos conocer la decisión tomada por la muchacha. Cuando pensamos que la conversación no cambia de tono, que las posibilidades de solución se tornan lejanas, la muchacha, expresa su «Quieres, quieres, quieres, quieres, quieres, quieres, quieres callarte por favor?» Siete «quieres» que para Harold Bloom constituyen una repetición precisa y persuasiva.
El tren se aproxima, el hombre recoge las dos pesadas maletas, la decisión al parecer, está tomada, pero no llegamos a saberla, él sale atravesando la cortina de cuentas, ella le sonríe,
—¿Te sientes mejor? —preguntó él.
—Me siento muy bien —dijo ella—. No me pasa nada. Me siento muy bien.
El desenlace nos deja ver lo redondo del cuento, no hay una acción que resuelva la trama, hay sí, un cambio. Una evolución en el personaje de la muchacha, ha tomado el control emocional de la situación y nos traslada toda su duda, nos insinúa que somos nosotros, los lectores implicados, quienes, aparcados en una simbólica estación donde se cruzan los trenes, optemos por una decisión, debemos escoger un camino.
Comentarios. Felicidad. Andrés Neuman
Club Caliope
Autor: Rafael Serrano Allely
Elucubración sorprendente que, dentro de un discurso lógico, va llevando al lector, sin ninguna estridencia aparente, a construir un objetivo a alcanzar: la felicidad de su mujer, lo que concuerda con el título del microrrelato. Pero no sólo la felicidad de su mujer, más bien se trata de la felicidad de los tres.
En definitiva se trata de construir la felicidad por un
procedimiento poco habitual y que parte de querer tener la vida que otro
proyecta.
Su autoengaño, en relación a su único amigo y a su mujer,
le lleva posiblemente a aspirar a una relación de tres.
En este caso la emulación es sorprendente y un buen cuento,
entre otras cosas debe sorprender.
Comentarios. Elefantes blancos. E. Hemingway
Club Caliope
Autor: Rafael Serrano Allely
Después de haber conocido la teoría del iceberg de Ernest
Heminway, expuesta por Valeria, la lectura
de Elefantes Blancos del mismo autor, me hace reflexionar sobre el
relato de manera más particular.
Según dicha teoría las observaciones más profundas están
subyacentes y hay niveles de profundidad.
Este sería el nivel de profundidad al que he llegado sin excluir que pueda haber otros a los que no he podido tener acceso.
Se trata de una pareja que tiene una cuestión que resolver y que les atañe directamente.
Discuten y la discusión se repite.
La operación a la que tendría que someterse la chica es
sencilla, pero les afecta a los dos.
El norteamericano le dice que la resolución que ella tome
va afectar a sus vidas: “Es lo único que nos hará infelices” “No quiero que
nadie se interponga en nuestras vidas”
Mi pregunta: ¿Qué tipo de vida llevan? Lo deduzco del
siguiente párrafo “…y miro las maletas arrimadas a la pared. Tenía etiquetas
de todos los hoteles donde habían pasado la noche”
Ese alguien que se interpondría en la vida que llevaban
ambos no podría ser otro que el bebé que esperaba la chica. Por ello lo que él
propiciaba era el aborto.
Retrata en definitiva un hombre egoísta y una mujer
insegura, aunque ninguno lo manifieste abiertamente.
15 noviembre 2021
Galería
Club de Caliope. Galería de imágenes
Navidad 2021 Bodega Simeón
Con Nerea Riesgo. Presentación de su libro
Navidad 2019 Bar Peneque
Con Almudena Grandes, Encuentro Clubes BIMA
pRIMERA REUNIÓN POST-PANDEMIA octubre 2021
Navidad...
Navidad...
Politiqueando...
Con ¿? presentación libro
Presentación cartel feria del libro. bormujos 2021
13 noviembre 2021
Colinas como elefantes blancos
Relato
Autor: Ernest Hemingway
La mujer trajo dos tarros de
cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los
tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de
colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.
-No, claro que no.
-Nada de claro -dijo el hombre-. Bien podría haberlo visto.
La muchacha miró la cortina de
cuentas.
-Tiene algo pintado -dijo-. ¿Qué
dice?
-Anís del Toro. Es una bebida.
-¿Podríamos probarla?
-Oiga -llamó el hombre a través de
la cortina.
La mujer salió del bar.
-Cuatro reales.
-Queremos dos de Anís del Toro.
-¿Con agua?
-¿Lo quieres con agua?
-No sé -dijo la muchacha-. ¿Sabe
bien con agua?
-No sabe mal.
-¿Los quieren con agua? -preguntó
la mujer.
-Sí, con agua.
-Sabe a orozuz -dijo la muchacha y
dejó el vaso.
-Así pasa con todo.
-Sí-dijo la muchacha-. Todo sabe a orozuz.
Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo.
-Oh, basta ya.
-Tú empezaste -dijo la muchacha-.
Yo me divertía. Pasaba un buen rato.
-Bien, tratemos de pasar un buen
rato.
-De acuerdo. Yo trataba. Dije que
las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?
-Fue ocurrente.
-Quise probar esta bebida. Eso es
todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?
-Supongo.
La muchacha contempló las colinas.
-La cerveza está buena y fresca
-dijo el hombre.
-Es preciosa -dijo la muchacha.
-En realidad se trata de una
operación muy sencilla, Jig -dijo el hombre-. En realidad no es una operación.
La muchacha miró el piso donde
descansaban las patas de la mesa.
-Yo sé que no te va a afectar, Jig.
En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.
La muchacha no dijo nada.
-Yo iré contigo y estaré contigo
todo el tiempo. Sólo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente
natural.
-¿Y qué haremos después?
-Estaremos bien después. Igual que
como estábamos.
-¿Qué te hace pensarlo?
-Eso es lo único que nos molesta.
Es lo único que nos hace infelices.
La muchacha miró la cortina de
cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas.
-Y piensas que estaremos bien y
seremos felices.
-Lo sé. No debes tener miedo.
Conozco mucha gente que lo ha hecho.
-Yo también -dijo la muchacha-. Y
después todos fueron tan felices.
-Bueno -dijo el hombre-, si no
quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es
perfectamente sencillo.
-¿Y tú de veras quieres?
-Pienso que es lo mejor. Pero no
quiero que lo hagas si en realidad no quieres.
-Y si lo hago, ¿serás feliz y las
cosas serán como eran y me querrás?
-Te quiero. Tú sabes que te quiero.
-Sí, pero si lo hago, ¿volverá a
parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?
-Me encantará. Me encanta, pero en
estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo.
-Si lo hago, ¿nunca volverás a
preocuparte?
-No me preocupará que lo hagas,
porque es perfectamente sencillo.
-Entonces lo haré. Porque yo no me
importo.
-¿Qué quieres decir?
-Yo no me importo.
-Bueno, pues a mí sí me importas.
-Ah, sí. Pero yo no me importo. Y
lo haré y luego todo será magnífico.
-No quiero que lo hagas si te
sientes así.
La muchacha se puso en pie y caminó
hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y
árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había
montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el
río entre los árboles.
-Y podríamos tener todo esto
-dijo-. Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible.
-¿Qué dijiste?
-Dije que podríamos tenerlo todo.
-Podemos tenerlo todo.
-No, no podemos.
-Podemos tener todo el mundo.
-No, no podemos.
-Podemos ir adondequiera.
-No, no podemos. Ya no es nuestro.
-Es nuestro.
-No, ya no. Y una vez que te lo
quitan, nunca lo recobras.
-Pero no nos los han quitado.
-Ya veremos tarde o temprano.
-Vuelve a la sombra -dijo él-. No
debes sentirte así.
-No me siento de ningún modo -dijo
la muchacha-. Nada más sé cosas.
-No quiero que hagas nada que no
quieras hacer…
-Ni que no sea por mi bien -dijo
ella-. Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?
-Bueno. Pero tienes que darte
cuenta…
-Me doy cuenta -dijo la muchacha.-
¿No podríamos callarnos un poco?
Se sentaron a la mesa y la muchacha
miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la
mesa.
-Tienes que darte cuenta -dijo- que
no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el
paso si algo significa para ti.
-¿No significa nada para ti?
Hallaríamos manera.
-Claro que significa. Pero no
quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es
perfectamente sencillo.
-Sí, sabes que es perfectamente
sencillo.
-Está bien que digas eso, pero en
verdad lo sé.
-¿Querrías hacer algo por mi?
-Yo haría cualquier cosa por ti.
-¿Querrías por favor por favor por
favor por favor callarte la boca?
-Pero no quiero que lo hagas
-dijo-, no me importa en absoluto.
-Voy a gritar -dijo la muchacha.
La mujer salió de la cortina con
dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro.
-El tren llega en cinco minutos
-dijo.
-¿Qué dijo? -preguntó la muchacha.
-Que el tren llega en cinco
minutos.
La muchacha dirigió a la mujer una
vívida sonrisa de agradecimiento.
-Iré llevando las maletas al otro
lado de la estación -dijo el hombre. Ella le sonrió.
-De acuerdo. Ven luego a que
terminemos la cerveza.
Él recogió las dos pesadas maletas
y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia
pero no vio el tren. De regresó cruzó por el bar, donde la gente en espera del
tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos
esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La
muchacha estaba sentada y le sonrió.
-¿Te sientes mejor? -preguntó él.
-Me siento muy bien -dijo ella-. No me pasa nada. Me siento muy bien.
FIN
La Felicidad
Relato
Autor: Andrés Neuman
Gabriela es
mi mujer. Ella me quiere mucho y se acuesta con Cristóbal.
Él es
inteligente, seguro de sí mismo y un ágil bailarín. También monta a caballo y
domina la gramática latina. Cocina para las mujeres. Luego se las almuerza. Yo
diría que Gabriela es su plato predilecto.
Algún
desprevenido podrá pensar que mi mujer me traiciona: nada más lejos. Siempre he
querido ser Cristóbal, pero no vivo cruzado de brazos. Ensayo no ser Marcos.
Tomo clases de baile y repaso mis manuales de estudiante. Sé bien que mi mujer
me adora. Y es tanta su adoración, que la pobre se acuesta con él, con el
hombre que yo quisiera ser. Entre los gruesos brazos de Cristóbal, mi Gabriela
me aguarda desde hace años con los brazos abiertos.
A mí me
colma de gozo tanta paciencia. Ojalá mi esmero esté a la altura de sus
esperanzas, y algún día, muy pronto, nos llegue el momento. Ese momento de amor
inquebrantable que ella tanto ha preparado, engañando a Cristóbal,
acostumbrándose a su cuerpo, a su carácter y sus gustos, para estar lo más
cómoda y feliz posible cuando yo sea como él y lo dejemos solo.
Club Caliope
Por J.Miguel Romero
Esta entrada esta dedicada a los "Microrrelatos" que podrían definirse como:
Microrrelato: «Relato muy breve»
Seguramente, mejor entendida.
Iniciamos esta aventura literaria por su belleza, ingenio y lenguaje preciso (no hay espacio para andarse por las ramas) y, además, se requiere conquistar al lector, conquistar su chispa, su ingenio y a veces, hasta su alma. Así que, todo aquel que se atreva, puede remitir sus microrrelatos y serán publicados, primero en este medio, y cuando contemos con un buen número de ellos, podrían ser editados. Ánimo, ¡quien sabe!... el mundo es de los atrevidos.
Antes de nada vamos a mostrar unos cuantos relatos, algunos, de grandes y consagrados autores, como Cortázar (entre otros), para que quien no los conozca se hagan una idea. Y ya, de paso, podríais dejar en COMENTARIOS vuestra selección.
Carta del enamorado, Juan José Millás
Hay novelas que aun sin ser largas no
logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les
sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.
Amor 77, de Julio Cortázar
Y después de hacer todo lo que hacen se
levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente
van volviendo a ser lo que no son.
La carta, de Luis Mateo Díez
Todas las mañanas llego a la oficina, me
siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea
diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años,
explico minuciosamente las razones de mi suicidio.
La dicha de vivir, de Leopoldo Lugones
Poco antes de la
oración del huerto, un hombre tristísimo que había ido a ver a Jesús conversaba
con Felipe, mientras concluía de orar el Maestro.
–Yo
soy el resucitado de Naim –dijo el hombre–. Antes de mi muerte, me regocijaba
con el vino, holgaba con las mujeres, festejaba con mis amigos, prodigaba joyas
y me recreaba en la música. Hijo único, la fortuna de mi madre viuda era mía
tan solo. Ahora nada de eso puedo; mi vida es un páramo. ¿A qué debo
atribuirlo?
–Es que cuando el Maestro resucita a
alguno, asume todos sus pecados -respondió el Apóstol-. Es como si aquél
volviera a nacer en la pureza del párvulo…
–Así lo creía y por eso vengo
–¿Qué podrías pedirle, habiéndote
devuelto la vida?
–Que me devuelva mis pecados –suspiró el
hombre.
El Emigrante, Luis Felipe Lornelí
─ ¿Olvida usted algo? – Ojalá.
Una jaula salió en busca de un pájaro.
Después de la guerra,
Alejandro Jodorowsky
El último ser humano vivo lanzó la última paletada de
tierra sobre el último muerto. En ese instante mismo supo que era inmortal,
porque la muerte sólo existe en la mirada del otro.
Cuento de arena, Jairo Aníbal Niño
Un día la ciudad desapareció. De
cara al desierto y con los pies hundidos en la arena, todos comprendieron que
durante treinta largos años habían estado viviendo en un espejismo.
Motivo literario, Mónica Lavín
Le escribió tantos versos, cuentos, canciones y hasta
novelas que una noche, al buscar con ardor su cuerpo tibio, no encontró más que
una hoja de papel entre las sábanas.
Don Quijote cuerdo, Marco Denevi
El único momento en que Sancho Panza no dudó de la
cordura de don Quijote fue cuando lo nombraron (a él, a Sancho) gobernador de
la ínsula Barataria.
69, Ana María Shua
Despiértese, que es tarde, me grita desde la puerta un
hombre extraño. Despiértese usted, que buena falta le hace, le contesto yo.
Pero el muy obstinado me sigue soñando.
El harén de un tímido, René Avilés Fabila
Cómo temía decirles que no, opté por conservar a todas
las mujeres que he amado
05 noviembre 2021
Comentario: "El Extranjero". Albert Camus
Club Caliope
Por Diego Martínez López
antagonista del propio autor.
¿Quizás no lo ejecutan finalmente? El texto fluye por el mundo interior del personaje (sus pensamientos, sus sensaciones, etc.) pero no descuida el mundo exterior, con destellos significativos que le dan o le quitan sentido.
filosofía, y ya sabéis que esa marcha me va...:-):-)...
El libro me ha gustado mucho. En contenido y en forma. En cuanto al contenido, se encuentra empapado de existencialismo literario. El personaje central no ofrece resistencia ni lucha alguna; se deja arrastrar por los acontecimientos de manera acrítica y pasiva. Me llamó la atención la manera en que acoge la muerte de su madre. Lo que contrasta con la especial relación que el autor (Premio Nobel de literatura) mantuvo con su madre (analfabeta). Quizás el personaje es un
Respecto a la forma, me he sentido muy cómodo con su estilo de frases cortas y sencillas, cargadas en ocasiones, sin embargo, de una notable profundidad o dejadas al albur de lo que quiera entender el lector. Es un estilo abierto que me gusta. También la escritura en primera persona, que se encaja de manera elegante y posible con una condena a muerte final. ¿Pudo escribir el manuscrito días/semanas antes de la ejecución?
03 noviembre 2021
Comentario. El extranjero. Albert Camus
Club Caliope
Autor: Rafael Serrano Allely
La narración se inicia haciendo
referencia al telegrama que recibe el protagonista en el que se le comunica la
muerte de su madre. Desde este momento te das cuenta que el relato, escrito en
primera persona, parece escrito por persona distinta a él mismo: carente de
emotividad, frio, cortante, mecánico, sin expresar la mínima contrariedad, no
ya sentimientos.
En la parte Primera Capitulo II
resume fríamente lo vivido: “Pensé que un domingo menos, que mamá estaba ya
enterrada, que iba a volver al trabajo y que, a fin de cuenta, nada había
cambiado”
Reacciones similares tiene a lo
largo del relato en relación al resto de los personajes de la novela, incluida
su amante Marie.
Su jefe en una ocasión le
propuso trabajar en Paris y le preguntó
que si no estaba interesado en cambiar de vida. “Contesté que nunca se
cambia de vida, que en cualquier caso todas eran más o menos lo mismo y que la
mía aquí no me desagradaba en absoluto” no tenía ambición, como el mismo
manifiesta"
Su forma de ser no le producía
ningún tipo de desasosiego. Este aislamiento emocional determina, a mi entender,
uno de los temas del libro: la soledad, soledad muy particular que le lleva a
no compartir sentimientos ni con su amante.
El otro tema sería lo absurda de
la vida para él, carente de sentido:
“…durante toda esta vida absurda
que había llevado…”
“¿Qué más me daban la muerte de
los demás, el amor de una madre qué me importaban su Dios, las vidas que se
escogen, los destinos que se eligen…?”
Me desconcierta un poco el que en
el juicio el acento, tanto de su abogado como del fiscal, se ponga en su fría
relación con su madre, y no tanto en el asesinato en sí del árabe.
También se resalta en el juicio la frialdad con la que asesina
al árabe cuando después de un primer disparo y transcurrido unos segundos lo
remata con cuatro tiros.
Al final del capítulo III de la
segunda parte su abogado manifiesta dirigiéndose al fiscal lo que ya señalé más
arriba: “Pero vamos a ver, ¿lo acusa de no haber enterrado a su madre o de
haber matado a un hombre?” Ambos buscaban atenuantes y agravantes del
crimen.
El juez más que acusar intenta
llevarle a que reflexione sobre su comportamiento, pero como él dice andaba
perdido con su razonamiento. Sus reflexiones no le hacen mella.
En el juicio: “Hasta cierto
punto, parecía que estaban tratando el caso dejándome a mi fuera. Todo
transcurría sin mi intervención. Estaban decidiendo mi suerte sin pedirme
opinión”
Para el protagonista la vida era absurda,
no tenía sentido ni había que buscársela.
Lacónico contestando al cura: “Le dije que no sabía qué era pecado. Lo único que me habían dicho es que era culpable. Era culpable, pagaba, no se me podía pedir nada más”
Una gran novela desde el punto de
vista literario. Pero también un gran trabajo, bien resuelto, al dar soporte
novelado a una teoría filosófica: la filosofía del absurdo.
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